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Que no le pasen “gato por liebre”

Muchos presenciamos -como si fuera una especie de opereta por streaming- la formalización por homicidio simple del sargento de Carabineros, Juan González. Pues bien, de dicha presentación es importante destacar dos hechos, los cuales -podríamos decir- son los únicos que hasta el momento son innegables: el primero es la lamentable muerte del joven malabarista, Francisco Martínez R.; y el segundo que esta muerte ocurre en el contexto de un supuesto control de identidad. 

Ahora bien, en lo particular, quiero centrarme en esto último y, sobre todo, en cuál era el motivo de que las fuerzas policiales -según los antecedentes que se ventilaron en la audiencia respectiva- se encontraban fiscalizando a Francisco Martínez.  

Observada la audiencia respectiva y según los relatos de los propios funcionarios policiales, ellos declaran que se les envía a un sector específico de la comuna de Panguipulli para efectuar control de identidad a un malabarista que estaría “molestando” a los turistas y que estos se “sentirían” intimidados por éste. Dicha situación resulta del todo paradójica, pues estar “molestando” o “sentirse intimidado” es un concepto bastante etéreo. 

Por ejemplo, quizás lo que yo escribo le este causando molestia, difícilmente intimidación, y no por ello las fuerza pública me realizará en cualquier momento un control de identidad. Entonces ¿por qué el simple hecho de “estar molestando” puede significar una orden de efectuar un “control de identidad”? La respuesta nos lleva a un tema más complejo y se debe a que detrás de esa orden se encuentra la utilización del control de identidad como una forma de discriminación hacia sectores más pobres o que no encajan en el “paisaje turístico del lugar”.

Para llegar a la conclusión recién expuesta, es necesario hacer un poco de memoria y explicar un poco qué es el control de identidad. 

El control de identidad nace como una herramienta que reemplaza lo que antes era la “detención por sospecha”. A través de ella, se permitía detener a personas que -a criterio de la policía- fueran encontrados en lugares, horas, o circunstancias que hicieran sospechar “malos designios”, personas sin trabajo o vagabundos, entre otros, todos ellos podían ser detenidos por 48 horas -o sea removerlos de la calle- por considerarlos molestos para la sociedad. O como Francisco, molesto para “el paisaje turístico”.  

Así se deroga dicha norma por ser discriminatoria -entre muchas otras críticas- más se crea una nueva figura, esto es, la del control de identidad, el cual -entre otras diferencias- limita el tiempo de detención a ocho horas, exigiendo la existencia de indicios (actualmente indicio). Indicio es uno o varios elementos objetivos que permitirían inferir que la persona a controlar se apresta a cometer o intentar cometer un delito; o se encapucha o emboza con la finalidad de ocultar, dificultar o disimular su identidad. 

Ahora, para que  no le pasen “gato por liebre” debe ser un antecedente fundado y no cualquier chabacanería, así se ha resuelto que tirar al suelo lo que se trae consigo y huir de carabineros seria indicio para realizar un control de identidad, más no lo sería -por ejemplo- solo alejarse de la presencia de carabineros al verlos. La forma de vestir, el aspecto personal o ser un desconocido en el lugar, así como en el caso de Francisco el estar en un lugar donde hay turistas y molestarlos haciendo sus malabares pidiendo monedas, no fue jamás un indicio, lo que demuestra que los funcionarios policiales fueron enviados a “pescar indicios”. O sea a ver si encontraban algo que pudiera servir para “remover a Francisco del paisaje turístico del lugar”, es decir, a “detenerlo por sospecha”.

Usted podrá discrepar conmigo y considerar que eso está bien, que es función de las fuerzas policiales realizar estos controles “por si acaso”, pero yo le pregunto. ¿Y esto ocurre en todos lados? ¿En los barrios más acaudalados se realizan a quienes viven en el sector o solo cuando anda algún bicho raro que “afea” el lugar? Bueno, si a usted no le ha pasado, siéntase parte del paisaje. Por mi parte, yo sigo escribiendo desde mi rincón de privilegio.

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