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La máquina del tiempo: De circos y parques de atracciones populares

Cuarentena en el Maule. Nostalgias al acecho. Porque cuando el ocaso comienza a ensombrecer calles, parques y alamedas de ciudades, caseríos y poblaciones, también va envolviendo con su manto a gran número de sus habitantes, hasta metamorfosearlos: haciéndolos más asequibles a la melancolía, angustia, miedo e incertidumbre… y a los recuerdos. 

Porque, al parecer, en Cuarentena todo se semeja más silencioso, expectante, como si en el ambiente latiera una desazón que acordonara a las personas a una atmósfera incómodamente silenciosa, solo rota por distantes sonidos metálicos, todo lo cual conforma un escenario atemorizante. 

Cierto, en las calles no se ven niños, ni personas, ni mascotas… solamente algunos vehículos. No obstante, inspirados en su rico mundo interior, cada quien podría evocar aquella lejana llovizna de tonalidades y eufonías que llegaban de la mano de circos y parques de entretenciones populares. 

Fisura en el tiempo

En Cuarentena, las calles de Talca -como otras de la Región del Maule- lucen por las noches tan oscuras, tan silenciosas, tan reposadas, tan acongojadas, tan casi sin vida, que asemejan una prisión. Empero, en sus recodos y periferias la urbe atesora una imperceptible fisura a través de la cual se plasma todo un mundo de esencias, matices y tañidos que vinieron y se marcharon a velocidad vertiginosa. Una hendidura de remembranzas por las que surgen errabundos carruseles o ferias de entretenciones -hoy extintos-, ubicados en sus accesos, que con sus estridencias, matices y esencias atraían como las luces a las luciérnagas. Cada uno con su nombre, su escenario, su show y su música. 

Entonces, hacía poco que se habían extinguido las casacas de cuero negro adornadas con broches, cierres y brillantes. Elvis Presley y The Beatles eran una leyenda viva, la Nueva Ola criolla estaba en su cenit, The Rolling Stones y The Monkees bamboleaban al planeta y un amanerado y audaz Liberache contrastaba con la sensualidad de Tom Jones o el encajonamiento de Engelbert Humperdinck. 

Sincrónicamente, el auge masificado del libro Palomita Blanca -del escritor Enrique Lafourcade- se enseñoreaba de los imberbes del país. Tiempo para los lolos de entonces de ajustarse ceñidos Pecos Bill, anchos cinturones, volátiles mocasines Apache, sicodélicas gargantillas cimbrándose en el pecho bajo chillonas camisas o poleras y el largo pelo cayendo sobre los hombros… con su rostro ornado por anchas patillas. 

Atavío perfecto para -a los dieciséis años- “salir a dar unas vueltas”. Y allí estaban: el Tiro a los Patos, la Ruleta de la Suerte, los populares Taca-Tacas, los Gatos Porfiados, el Tiro al blanco, el tío Vivo o Carrusel -con sus caballitos de variadas tonalidades flotando y girando eternamente-, los dardos, las botellas para ensartarles algunos anillos, la Rueda de Chicago (se la conoce también como noria, rueda de la fortuna, estrella, rueda moscovita, etc.), los autos locos y los infaltables vendedores de globos, maní tostado, algodones con azúcar, cabritas (pop corn) y remolinos (entre muchos otros productos).

Por los parlantes de esos parques se perpetuaban el universal Leo Dan y un compungido Palito Ortega (que curiosamente zumbaba canciones alegres). Yaco Monti canturreaba la literatura con su “Amor desesperado, que no tiene mañana…”; en tanto “er niño” Raphael de España preludiaba su clarinetear con “Yo soy aquel que cada noche te persigue, yo soy aquel que estando lejos no te olvida, el que te…”. Y como juglares de un universo popular emergían Estela Raval y los 5 Latinos, Sandro, Leonardo Favio, Piero, Pepe Grillo, Donald, Tormenta (cantante argentina), y decenas más, cuyos susurros obligatorios y taquilleros evidenciaban la supremacía de los hermanos acullá los Andes que, en lo que a cantantes populares se refiere, ganaban por “goleada”. 

¡Al circo, al circo!

A mediados de agosto o inicios de septiembre -preferentemente- llegaban los circos, precedidos por un grito estertóreo mediante el cual los circenses pregonaban su espectáculo, mientras pasaban por calles, avenidas y caminos citadinos. 

Pregones que databan de fines del siglo XIX, cuando dicha actividad comenzó a desarrollarse en el país -1885-, específicamente cuando la familia de los hermanos Pacheco llegó a Valparaíso, desde el extranjero, e inauguró el primer circo chileno. Medio siglo después -1940- nació el circo Las Águilas Humanas, el más prestigioso y magno de Chile, formado por Enrique Venturino Soto y sus hijos, concebido como empresa de entretenimiento, y que con el tiempo reformó y modernizó las presentaciones circenses nacionales. La historia consignó que después de finalizada su temporada de presentación en el Teatro Caupolicán de Santiago, iba a provincias y a otros lugares de América.

Los niños de entonces solían extasiarse con aquellas gigantescas y roídas carpas, cuidándose que no los sorprendieran “colándose” por debajo de alguna de ellas, ni de caer al subir por aquellas inestables tablas que alguna vez habían sido escaños y que llamaban galería (en ocasiones, cada cual llevaba su silla). Al centro, un enorme círculo constituía la pista donde se presentaba el espectáculo, con mucho aserrín y el infaltable megáfono para anunciar cada uno de los números. 

Así, a pie, en bicicleta o en una antidiluviana camioneta, los mismos artistas promocionaban los “sorprendentes” números estelares de su creativo repertorio por las calles de la ciudad. Para ello, iniciaban un bullicioso desfile precedido por sus máximas estrellas -generalmente elefantes-, al que seguía una sucesión de insólitas e inusitadas atracciones faunísticas: cabras que daban lástima, quiltros que nunca se supo qué “gracia” tenían, caballos famélicos -casi hilachentos-; cerrando con los infaltables tonis choros o con olor a copete que las hacían de boleteros, malabaristas, vendedores de todo lo que se pueda imaginar, expertos en subsistencia. Circos pobres, para pobres. Los cantantes cebollas eran Lorenzo Valderrama, Alejandro Solís, Lucho Barrios (famosos en los lenocinios), los que giraban chirriando en enmohecidos tocadiscos. Los tramoyistas de aquella peculiar existencia canjeaban tickets por alimentos, ropa u ollas.

Repentinamente desaparecieron los espacios del barrio en el que un día se ubicaron los circos, con su carpa principal rodeada de banderitas de colores, sus exóticos animales -leones., camellos, elefantes, etc.-, audaces trapecistas, bellas equilibristas, tonis y payasos, sus aromas, colores… y tantas otras cosas. Los envolvió el mismo marco musical que a los parques de entretenciones, más Los Iracundos y otros intérpretes del género popular que iban surgiendo.

Hoy, a Raphael le trasplantaron el hígado; Sandro, Favio y muchos más murieron; en tanto el sobreexplotado Yaco Monti y los de su generación caminan por la cuerda floja de la ancianidad… ¿y los otros?, ésos, ¿a quién le importan? 

Solamente mencionar que hubo quienes conocieron y disfrutaron en esos desaparecidos parques de diversiones y circos empotrados en la periferia urbana, cuando las ciudades del país no eran tan oscuras, silenciosas, ni reposadas; casi sin vida, casi acongojadas por las noches. No, entonces ¡lucían llenas de luces!  Todo un mundo de breve duración que, cual vino, se marchó.

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