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El viaje de Claire a la ciudad del trueno

Claire Mercier lamenta no haber podido votar para el plebiscito. Sí lo podrá hacer en abril. Llegó a Chile en agosto del 2010, cuando los mineros “todavía se encontraban atrapados”. Venía con una Licenciatura en Artes, Letras y Lenguas, y un Magíster en Literatura Francesa, Extranjera y Comparada bajo el brazo. Ah, y con 22 años cumplidos en marzo. 

Acá realizó un doctorado en Literatura en la Universidad de Chile y un post doctorado en la Pontificia Universidad Católica.

El 2017 se vino a trabajar a la Universidad de Talca. Hoy es profesora asistente en el Instituto de Estudios Humanísticos Juan Ignacio Molina, directora de la Revista Universum y coordinadora del Premio Iberoamericano de Letras José Donoso. Todo con 32 años, cerca de cumplir los 33. 

Joven. Menos que hace 10 años. Pero joven. Y con rasgos asociados a esa etapa de descubrimiento. A los 22 años la impulsividad es innata. Y a los 33 conserva el espíritu aventurero, la osadía que le hace el quite al conformismo. No por nada llegó a Chile el año del terremoto.  

Le interesa la narrativa latinoamericana contemporánea, también las representaciones literarias del fenómeno de la violencia y las ficciones distópicas…Sí, eso de que una pandemia confine a la humanidad y obligue a situaciones impensadas. 

¿Cómo una francesa experta en literatura termina en Talca de profesora en una universidad de provincia, a cargo de una revista académica y de un premio literario? En este “viaje”, tu “viaje”, ¿qué rasgos de tu personalidad te motivaron a moverte, a buscar, y, finalmente, llegar a Chile y a Talca?

“Como todas las historias, es una larga historia. Si se me pregunta por los `rasgos de mi personalidad` que me motivaron a emprender sin duda el viaje más importante de mi vida, diría primero que son rasgos asociados a la juventud (llegué a Chile en 2010 con 22 años), es decir, una cierta impulsividad, casi insensata. Segundo, otro rasgo que todavía me define creo: tengo poco miedo en general y siempre trato de desafiarme”.

¿Dónde viviste en Francia? ¿Es muy distinto de Talca?

“Viví en Annemasse, en la región de Haute-Savoie, básicamente Los Alpes, al lado de Suiza. Hice mis estudios cerca, en la región de Savoie, en la ciudad de Chambéry. Las dos ciudades son de provincia, como Talca. Pero el nexo se limita a lo anterior: estamos hablando de una de las regiones más rica de Francia –por su industria y el turismo–, situada en Europa, es decir, con una cierta calidad de vida para la mayoría de las personas”.

¿Me puedes contar algo de tu familia?

“En relación mi familia francesa, debería llamar a mi padre más a menudo. Mi hermana me debería llamar más a menudo. Llamo a mis abuelos muy a menudo. En relación con mi familia chilena, tengo un marido tierno, un gato viejo y una suegra dulce. También conservo una amiga francesa y un amigo chileno que me es fiel desde mis primeros pasos en el territorio andino”.

¿Qué sabías de Chile antes de venir, más allá de la literatura?

“Una imagen condensaba mis conocimientos acerca de Chile: la de un viejo dictador en un aeropuerto de Inglaterra. Menos mal mis conocimientos se diversificaron con el tiempo”.

Y de Talca… ¿Cómo te informaste de esta ciudad, de sus características? ¿Qué te decían tus amigos, tus colegas, cuando les informabas que te venías a Talca?

“Cuando me llamaron para dar la entrevista de trabajo en la Universidad de Talca, vivía en Santiago y me frustró no poder encontrar un vuelo Talca-Santiago. O sea, de nuevo falta de conocimientos… Mis colegas estaban algo espantados cuando les dije que me iba a vivir en Talca. Pero de nuevo: los desafíos no me dan miedo y para mí lo más importante era poder vivir de mi pasión que es la literatura”.

Con un tiempo en Talca, ¿qué te parecen la ciudad y los talquinos?

“Me parece una ciudad agradable de provincia. Hay que admitir que la cercanía con Santiago ayuda, por ejemplo, en relación con el tema de la salud. Creo que algunos talquinos conservan una ‘mentalidad de fundo’, pero pienso que lo anterior pronto cambiará en relación con la creciente inmigración y el contacto con otras culturas. Pienso sobre todo en los haitianos, colombianos y venezolanos, entre otros. De todos modos, estoy muy orgullosa de trabajar en una universidad regional y más encima estatal con vocación pública”.

Estallido, Constitución y pandemia

Claire, ya lo dijo, no es miedosa. Se refiere, puntualmente, cuando se trata de asumir desafíos. Otra cosa es cuando tiene que opinar sobre temas generales. Ahí se cuida más, y opta por una manera de pensar “más porosa”, sin definiciones rotundas, más propensa a los “matices”.

Le pregunto por el estallido social, y tratando de contextualizar con su realidad le hago referencia a la revolución francesa y a la larga tradición política y democrática de su país. Me responde que, evidentemente, no se puede comparar la revolución francesa con el estallido social. Obvio. 

“Son dos acontecimientos muy diferentes. Viví el estallido entre espanto y esperanza. Pero es un evento muy reciente. Todavía se está pensando. Quizás en lo factual basta decir por el momento que lamentablemente no pude votar para el plebiscito y que estoy muy orgullosa de poder finalmente votar en abril”.

Desde Francia lo que llamó la atención, precisa, fue “el poder de los movimientos feministas chilenos, que de algún modo anticiparon el estallido y luego, la confección de una Constitución paritaria”.

En Francia estuvieron de moda los “chalecos amarillos”, en un periodo de protestas que, sin embargo, no pasó a un nivel de masividad ciudadana que sí alcanzó en Chile… ¿Cuál es la diferencia? ¿Puede Chile aprender algo de Francia?

“No sé si la expresión ‘de moda’ califica bien a los chalecos amarillos. Al final, se trató de un sufrimiento social que se expresó por medio de este movimiento. Y no sé si los países puedan realmente aprender el uno del otro. No soy politóloga y tengo una manera de pensar que califico de porosa, es decir que en vez de tener opiniones definidas sobre todo y nada, opto, en general, por pensar más bien los matices. Lo que logro vislumbrar, tanto en el caso chileno como francés, es el fracaso de la modernidad y de sus promesas en términos de bienestar”.

¿Cómo has vivido la pandemia? ¿Preocupada? ¿Asombrada? ¿Tal vez con inquietud por tu familia en Francia?

“Vamos a cumplir un año de vida pandémica y lo pasé encerrada básicamente. Mi puesto en la Universidad me dio la oportunidad de poder trabajar en mi casa, así que cumplí estrictamente. En este sentido, me siento muy afortunada, hasta privilegiada, por tener un espacio propio, un sueldo y una buena salud”.

¿Cómo lo ha hecho Chile a la hora de enfrentar la crisis por el coronavirus? Es interesante conocer tu percepción, viniendo de otro país, de otra realidad, con una visión tal vez más objetiva.

“De nuevo, no soy suficientemente experta como para dar mi opinión en estos temas. En Francia mis abuelos recibieron la primera dosis de la vacuna y en Chile lo mismo con mi suegra, lo cual, en ambos casos, representa un alivio para mí”.

Literatura, distopía y realidad

¿Te parece que el estallido social y la pandemia son contextos especialmente favorables para la creatividad literaria?

“Los contextos de crisis son en general un medio privilegiado para la creación literaria. La pregunta es: ¿cuándo no hemos estado en crisis?”.

En el caso de la pandemia, ¿qué te parece que la realidad se acerque a la concepción distópica que ha elaborado la literatura dedicada a esta temática? ¿Todo lo que está sucediendo es un buen laboratorio para desarrollar o confirmar teorías o argumentos distópicos?

“Hace ya un buen tiempo que la literatura distópica está tratando el tema de la pandemia. Pero no me parece atinente decir que estamos viviendo actualmente una distopía, porque la distopía es una ficción no mimética y crítica que nos permite justamente poder pensar nuestro propio contexto referencial. Por lo tanto, la literatura no es el laboratorio de la realidad. Diría de hecho que es al revés: la realidad es el laboratorio de la literatura”.

Entiendo que también te interesa el tema medioambiental, ¿puede ser también la pandemia una advertencia de lo mal que lo estamos haciendo respecto al cuidado y conservación de nuestro hábitat natural?

“Me parece que el tema medioambiental es una de las grandes problemáticas relativamente ausente de las discusiones acerca de la pandemia. Personalmente, me parece que gran parte de la pandemia gira en torno al tema medioambiental. Por ejemplo, solamente el hecho, de lo que se sabe hasta el momento, que el origen de esta pandemia tenga que ver con nuestros hábitos alimenticios en términos de consumo de carne animal”.

¿Crees que tras la pandemia nos acerquemos un poco más a una sociedad distópica?

“La riqueza y el interés de la distopía reside, a mi juicio, en su acercamiento no mimético y crítico con respecto a la realidad. Si fuese un mero espejo de la realidad o la realización de una profecía acerca del futuro, perdería valor muy rápidamente. Voy a dar un contraejemplo. Me parece que la ciencia-ficción básica, es decir los relatos que se concentran exclusivamente en las potencialidades de la tecnología, se encuentra hoy, de un modo irónico, un poco obsoleta, ya que paradójicamente es muy realista. A modo de ilustración, los relatos de ciencia-ficción en torno a la inteligencia artificial tenían vigencia hasta hace 20 años atrás diría. Hoy, la inteligencia artificial hace parte de nuestro cotidiano y este tipo de ciencia-ficción se convierte pues simplemente en un nuevo realismo”.

¿Eres más bien optimista o pesimista respecto al futuro de la humanidad? ¿Seremos capaces de resolver nuestras diferencias, de evitar el colapso medioambiental, de alcanzar una convivencia saludable y armónica en una sociedad capitalista y neoliberal?

“La verdad no lo sé. Estoy tratando de actuar de manera ética y responsable todos los días y cuesta (sonrisa). Voy a retomar una reflexión de mi colega de Temuco, Gabriel Saldías Rossel, quien trabaja también el tema de la distopía. Gabriel, en un conversatorio de la Asociación de Literatura de Ciencia Ficción y Fantástica Chilena (ALCIFF), dijo que no podemos concebir que la humanidad se haya construido y proyectado en términos distópicos. Hay que creer que siempre estamos buscando alguna utopía, nutrida por una esperanza fundamental. En este caso, la pregunta es otra: ¿si hemos querido hacer todo bien, por qué hoy nos encontramos con este mundo de tintes distópicos? Algo evidentemente falló, sin duda tiene que ver con nosotros, y más vale que encontremos rápidamente qué”.

¿Qué puede aportar la literatura para lograr ese desafío?

“En general me alejo de la concepción de la literatura como un manual de autoayuda. La literatura, a mi juicio, debe molestar, perturbar, cuestionar y criticar. Lo digo siempre a mis estudiantes: la literatura se construye entre la estética, la ética y la política”.

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